Conversamos con Luz Marmentini, directora de la exposición “El Bordado Colectivo de las Bordadoras de Isla Negra en el mundo”, que se exhibe de forma gratuita hasta el 23 de marzo en el Museo Baburizza y donde ya la han visitado más de 12.000 personas. La gestora cultural, nos contó sobre sus inicios con la agrupación, la importancia del trabajo colectivo entre mujeres y su historia con las bordadoras.
¿Cómo comenzó esta relación con las bordadoras de Isla Negra?
Soy una persona que creció en Isla Negra. Mi abuelo es el padre de Leonor Sobrino y ella es hermana de mi madre. De alguna manera toda mi infancia fue en Isla Negra; los veranos y muchas partes del invierno. Entre estas olas y ese mar increíble, esas quebradas de peumos, boldos y litres, tengo en la memoria la gente amable y las mujeres sonrientes.
Ya de adulta, entré en lo íntimo de sus hogares en el año 86 cuando se hizo el documental Lana Mágica, sobre la historia de las bordadoras. Ahí me encargué de la producción y eso significaba entrar a sus casas y conocer sus rincones. Ese fue el comienzo de una larga travesía. Al escuchar sus historias, era la misma coherencia, sabiduría, simpleza y riqueza de estas mujeres que siempre vi en sus huertos y jardines, que criaban a los niños, que trabajaban mucho en el campo y bordar en lanas de colores su rico imaginario personal.
¿Qué rol tuvo Leonor Sobrino en la historia de las bordadoras?
Entre los años 69 y 99 es cuando Leonor Sobrino, -quien es la persona que catapultó y dirigió a este grupo-, las guió y acompañó por esos 30 años. Consciente de guardar un legado de estas artistas, creó una Fundación -entre amigos y familiares- y se armó una colección curada por ella. Y esa colección es la que viajó por el mundo en los años 80 en Bienales y diferentes museos de arte moderno.
Esa colección en 2016 se retomó y se abrió un proceso de curatoría para la exposición “Bordar el desborde”, que estuvo en el Baburizza en 2023 y que viajó por muchas partes de Chile.
¿Cómo nació la exposición del Bordado Colectivo de las Bordadoras de Isla Negra?
Después de exhibir la muestra que te comentaba antes, nace la posibilidad de mostrar el bordado colectivo que se hizo en Isla Negra, ya que para nosotros era un deber y compromiso que se presentara por la historia tan compleja que tuvo. La autoría fue pasada a llevar de una manera muy dramática por parte de las instituciones y las personas que tenían guardado esta obra. De alguna manera fue un compromiso ético llevarla a Isla Negra para que sus creadoras y familias pudieran encontrarse con ella después de más de 50 años desaparecida. Luego de estar en la Bienal de Venecia, se vino directamente al Museo Baburizza.
“las generaciones más jóvenes no se informan de cuáles son los antecesores, los quiebres y los hitos de los movimientos que han habido en nuestro país. Esto es un fenómeno que ocurre a nivel mundial”
¿Crees que falta conocimiento sobre ellas?
Las Bordadoras de Isla Negra son parte de la historia del arte en Chile y ojalá se pudiera enseñar y difundir el legado de estas mujeres, en distintas exhibiciones y a nivel educativo, ya que su obra es muy poco conocida. Tal como ellas dicen; es que son mujeres, de comunidad rural y pobres. Por eso realizamos este tipo de actividades, porque están dentro de la historia del arte en Chile y eso es lo que queremos difundir.
¿Consideras que el Estado chileno está un poco en deuda con las bordadoras de Isla Negra?
Absolutamente, o sea el Estado chileno, las instituciones del Estado e instituciones privadas que trabajan y apoyan al arte en general. Obviamente hay un desconocimiento total y una historia dramática de aquello, que tiene relación con el reaparecimiento después de cuarenta y siete años de una obra. En este caso la reaparición de esta obra pasó a llevar de manera grotesca el rol de la autoría y la propiedad intelectual del artista y su obra. Decidieron sin ningún interés por saber de la autoría, sin ningún interés por informar de esto a las propia creadoras. Realmente hay una es una negación completa y es una falta de reconocimiento feroz al autor de una obra, de una comunidad, ya sea un grupo, un colectivo o un artista. Es algo ético el compromiso de cualquier institución que trabaja con el arte y la cultura. Y por lo tanto, en el Estado, los diferentes estados, pero básicamente el desconocimiento y la ignorancia por una falta de preocupación de lo que es el compromiso de los artistas con su obra. Si supieran lo que es eso, evidentemente la dedicación, el interés de la información y la inquietud sería otra de los responsables a cargo de esas instituciones.
¿Y tú por qué crees que se da eso?
Hay un desconocimiento total. A lo mejor sucesos y momentos que calzan un hito, pero no quiere decir que eso se pase, digamos, a un sistema instalado del conocimiento de lo que es un poco la historia y la documentación del arte. Yo diría que básicamente eso, porque estas obras han estado con los grandes artistas de los movimientos contemporáneos de Estados Unidos, en el MoMA, en la Bienal de Sao Paulo y por invitación del gran Nemesio Antúnez, que en 1969 de alguna manera puso este trabajo desde un primer momento en una plataforma artística en el Bellas Artes y de ahí se disparó a las plataformas del Arte Moderno del mundo. No necesariamente a la artesanía que es a la vez otro circuito de difusión. Entonces, de alguna manera, si ha estado en los hitos de los movimientos artísticos.
Pero pasa que no hay un apoyo constante y no hay una claridad de que eso ha sido fundamental. Es necesario mirar a los abuelos, a nuestros antecesores, para poder mirar para adelante. Yo creo que hay mucho mercado en el asunto del arte visual, mucho arte como producto y mucha feria para la compra y venta de obras, pero hay poco interés en profundidad de los procesos y los resultados, por lo tanto, las generaciones más jóvenes no se informan de cuáles son los antecesores, los quiebres y los hitos de los movimientos que han habido en nuestro país. Esto es un fenómeno que ocurre a nivel mundial.
¿Cuál es tu diagnóstico al respecto?
Diría que no hay un compromiso y una política cultural que tenga realmente el deseo de que trascienda el arte. Y eso a través de la historia que tenemos sobre los hombros es fundamental para poder seguir adelante.
¿Cómo fue que crearon este bordado tan extenso?
Todo este proyecto del edificio UNCTAD III fue una locura. Se hizo este tremendo edificio creo que en 11 meses. Lo que se realizó fue una política cultural, social, económica y educativa del gobierno de Salvador Allende para mostrar el país al mundo. Esta reunión internacional fijó todas las miradas en este pequeño país, donde estaban ocurriendo cosas muy innovadoras para la escena social y artística. Para vestir este edificio, Eduardo Martínez Bonatti, artista escultor y grabador, fue el encargado de conseguir lo que iba a ser lo artístico y hay 35 obras integradas que son parte del edificio.
Apareció el bordado que era un desafío, y se lo encargó a las bordadoras y a Leonor Sobrino. Las personas disponibles ese verano no eran muchas, que ya el verano tenía harto ajetreo de trabajo para la mayoría de las mujeres, por lo tanto no estaban disponibles porque se dedicaban a la repostería, lavados u otros oficios, en realidad trabajaban en el verano para poder vivir mejor el invierno.
¿Cómo consiguieron reunir a las bordadoras?
Las 10 que estaban disponibles con tiempo casi completo pudieron hacerlo y ahí bajo la dirección artística de Leonor Sobrino, abarcaron la temática, que era la riqueza natural y productiva del país. Ella lo organizó pidiendo que ellas bordaban lo que más amaban, lo que les gustaban, los parajes queridos, porque es lo que siempre han hecho y habían hecho. Ahí salió un poco esta historia del Valle Central y cada una bordó por su cuenta. Algunas bordaban un paño grande y otras cosas más pequeñas. Una semana lo tenía una, se lo pasaba a otra y así. Eran momentos muy íntimos y de mucha soledad. Era un trabajo muy íntimo, por eso es tan auténtico y de tanta riqueza.
En este caso empezaron a trabajar de a dos, algunas otras de a uno y después de dos meses ya había que empezar a unir las partes que había que bordar. Y eso lo hicieron en la casa de Leonor Sobrino. Llegaban y avanzaban rápido, porque igual tenían que hacer las labores de casa, de trabajo, de comida, almuerzo, niños, hijos, nietos. Y dedicando diariamente cuatro horas al hilo empezaron a unir y para terminar esta obra que era como gigantesca.
¿Qué recuerdos tienen de este proceso?
Lo hicieron con una naturalidad tremenda y realmente lo más significativo para mí, que las he conocido mucho, es que lo recuerdan como un verano muy alegre. Estuvieron haciendo lo que les gustaba y al final todas las mujeres ayudaron y fue una alegría de la comunidad. Estuvieron tres meses en esta labor.
“Para las bordadoras fue más importante estar en el Museo Baburizza que en la Bienal de Artes de Venecia”
¿Cómo se fue generando esa unión entre ellas?
Cada una con su familia y con la vida dura que tuvieron, porque no hay que olvidar que en esos años la pobreza era bastante más evidente, si bien tenían alimentos por lo que generaban sus huertos y gallinas, habían problemas de salud importantes como ocurre en los pueblos pequeños. Las mujeres en sí tenían esta condición de sobrevivir en su familia y en su comunidad e intercambian de todo.
La manera en que partieron los bordados era porque ellas iban a la escuela a una especie de junta de vecinos amateur que tenían. Se juntaban las mujeres con una profesora y Leonor Sobrino, quien las conoció enseñándoles cosas básicas de salud y alimentación para sus hijos. Así se creaba esta relación entre una mujer que viene de otro lugar, pero que se transforma en una isleña, con la comunidad que residía ahí, a través del compromiso de las mujeres y del interés de enseñar lo que uno sabe para que pueda ser útil para otro. Así también partió el bordado como tal en esta comunidad.
¿Cómo fue unir el bordado?
Es súper importante pensar en que eso pasa en todas las situaciones. La relación entre las mujeres con las mujeres es una cosa que es parte de la naturaleza y la sabiduría femenina. En este bordado lo que tiene extraordinario, es el hecho de que lograron hacerlo de una manera tan fácil para personas que no estaban acostumbradas a bordar en conjunto, en una obra colectiva.
Y fue un disfrute constante el poder saber cómo juntar la vendimia con lo que estaba al ladito, que eran unas flores de otro jardín, para juntar uvas con flores para unificar. Es un trabajo muy bonito de cómo se van adaptando las personas cuando están con un objetivo en común. Eso en este bordado es maravilloso ir descubriendo cuando lo observa en detalle. Ahí va uno va entendiendo cómo la colaboración es también una herramienta femenina básica, sino no se podrían criar a los niños cuando las mujeres trabajan, porque siempre hay compañeras, hermanas y abuelas que son parte de esta red.
¿Qué significa para ellas estar en el Museo Baburizza?
Para las bordadoras fue más importante estar en el Museo Baburizza que en la Bienal de Artes de Venecia. A la Inauguración en el Museo fueron invitadas las autoras y sus familias, incluyendo a algunas bordadoras que ya han partido, porque para ellas Valparaíso lo consideran como su tierra, tiene mucho más cercanía que la Bienal de Arte de Venecia. Con esto queríamos que nietas o bisnietas vean a sus abuelas o bisabuelas con otros ojos. Sacarse la foto en Valparaíso y sentir que ellas son las protagonistas, fue increíble para las Bordadoras de Isla Negra.
