Columna escrita por Rafael Torres Arredondo | Director Museo de Bellas Artes de Valparaíso.
Hay en la pintura universal, artistas que tienen un sello tan propio en su trabajo, que resulta muy fácil identificar sus obras, a pesar del paso del tiempo y de distintas circunstancias. Ello tiene que ver entre otras razones por su oficio, uso del color, de la imagen, y el trazo. Este es el caso del maestro Arturo Pacheco Altamirano, cuya pintura, especialmente sus paisajes de Angelmó, llenos de embarcaciones coloridas, sello característico de la de faena pesquera y de su pintura, se reconocen con gran facilidad. Oriundo de Chillán, como tantos otros grandes artistas nacionales, a lo largo de más de cincuenta años de producción artística, la mirada de Pacheco Altamirano logró capturar la luz, el movimiento y la atmósfera de una época de profundas transformaciones. Desde sus primeros dibujos a mediados de la década de 1920 hasta sus audaces experimentaciones abstractas en los años 70, su pintura se consolidó como un testimonio vivo de la modernidad latinoamericana.
El arte de Pacheco Altamirano nació del contacto directo con el paisaje de Chile y de sus habitantes. Al convertir las caletas y las faenas pesqueras en el centro de su universo estético, elevó la identidad cotidiana del litoral chileno a una categoría artística de rango internacional. Ello ha sido el sello atemporal de este gran pintor, a quien injustamente no se le reconoció con el premio nacional de arte, del que era sin duda un gran merecedor.
En el Museo de Bellas Artes de Valparaíso, palacio Baburizza, estamos presentando la exposición “Arturo Pacheco Altamirano, redescubrir a un maestro”, que da cuenta de un trabajo retrospectivo con el propósito de promover el reencuentro del público chileno con uno de sus creadores más entrañables. La propuesta curatorial de Pedro Maino, con cuarenta obras, se articula en cuatro grandes ejes cronológicos y estéticos, que trazan el viaje conceptual del autor. El recorrido inicia con “Arquitectura del paisaje y memoria rural (1924-1928)”; “El descubrimiento de Angelmó (1929–1952)”, “La experiencia diplomática y la apertura al expresionismo (1952–1963)” y “La abstracción y la consagración de su legado (1962-1978)”. Encontramos en la muestra obras poco conocidas y muy bien ensambladas en el montaje, para la línea de tiempo trazada por el curador, buscando mostrar en no muchas pinturas, una vida dedicada al arte, de un pintor de plein air, cuyo caballete y porta telas originales, también podemos ver en la exposición, se presentará hasta el 25 de octubre.
Esta exposición retrospectiva, es posible gracias al compromiso cultural y la visión del filántropo norteamericano Noah McMahon, quien propone un viaje inédito por el laboratorio visual del artista. Por primera vez en el país, se despliega ante el público una selección que rompe con las lecturas lineales y restrictivas del pasado, invitando a descubrir a un creador polifacético, cuya evolución estética transitó desde el rigor del dibujo inicial hasta la disolución de la forma. Es el primer paso de un proyecto mayor que busca resguardar, estudiar y proyectar este legado hacia las nuevas generaciones, devolviendo a Pacheco Altamirano al centro del diálogo artístico global. Enhorabuena a APA Collection, por este gran aporte a la escena cultural chilena. En la presentación local hemos contado con el valioso apoyo de Empresa Portuaria Valparaíso, EPV y diario El Mercurio de Valparaíso, que mención aparte comienza su camino al bicentenario.
Una gran oportunidad de reconocer a este importante maestro de la pintura chilena, es esta muestra que tenemos a disposición de la comunidad, y esperamos sea mucho el público que se acerque a visitarla y a reencantarse con el gran Pacheco Altamirano.
Rafael Torres Arredondo
Director Museo de Bellas Artes de Valparaíso
