A raíz de la exposición temporal “Paname. París en argot” que se presentará hasta el 5 de octubre, conversamos con Gonzalo Romero, destacado fotógrafo nacional que a temprana edad se relacionó con cámaras y diapositivas que lo llevaron desde muy joven por el camino de la fotografía.
¿Cómo nació tu inspiración para retratar París?
No hubo una inspiración específica para retratar París, sino para fotografiar lo urbano. Se trata de capturar momentos irrepetibles, escenas cotidianas que se congelan en el tiempo y que logran transmitir algo. Puedes llamarlo emoción o de otra forma, pero es algo que comunica, que hace sentir que está ocurriendo y quedó registrado en esa acción. Es complejo, porque a veces suceden muchas cosas, pero no todo tiene valor ni encuadre. En la fotografía, cuando entras en ese estado de conexión, se genera un punto de encuentro: pasa por el ojo, la mente, el disparo, y finalmente aparece la imagen.
¿Y qué sentías en ese proceso?
Diría que más que inspirarme París en sí, fue la vida la que me llevó allí. También he fotografiado en Cuba, Buenos Aires, Lima, Santiago y Valparaíso. Mi inspiración está más en lo urbano que en un lugar en particular.
¿Qué diferencias encuentras entre estas ciudades tan importantes? ¿Cuál te ha gustado o sorprendido más?
En París logré crear una serie fotográfica que me permitió reunir una colección sólida. Es una ciudad que me ha inspirado y ofrecido escenarios donde he podido trabajar. Otras ciudades me han costado más. París, además de su arquitectura y adoquines, tiene una particularidad en la gente: cómo se viste y cómo se integra con el entorno. Eso genera una coincidencia estética que no siempre encuentro en otros lugares, donde la vestimenta puede ser muy deportiva o cargada de logotipos, lo que a veces rompe la armonía visual.
“Lo principal es el sentimiento. Siempre hay una preciosa sensación de soledad: no es un trabajo acompañado. Son momentos de exquisita soledad, conectada con lo que miro y con lo que ocurre alrededor”
Las 28 fotografías de la exposición fueron tomadas entre 2014 y 2015. ¿Cómo ha cambiado tu percepción de ese trabajo al revisarlo casi una década después?
Cada vez que termino un trabajo hay un periodo de maduración. Esta exposición, de hecho, salió a la luz bastante tiempo después. Siempre considero importante la autocrítica: no porque una serie parezca buena significa que debe mostrarse de inmediato. Hay que dejarla reposar, madurar, y escuchar opiniones. La mirada de otros fotógrafos o artistas es fundamental, porque uno mismo suele ser demasiado crítico. Primero trabajé las fotos en color, luego fui transformándolas en blanco y negro y ajustando contrastes. En general, ha sido una evolución hacia la madurez de la obra.
Mencionaste que recibes comentarios de otros para nutrir tu trabajo. ¿A quiénes recurres?
Principalmente a fotógrafos y artistas. Tengo muchos amigos pintores, y Verónica Besnier ha sido un gran apoyo. Busco personas que hablen desde la sinceridad y no desde el ego, porque las opiniones sesgadas no ayudan. Prefiero a quienes se expresan humildemente desde lo que saben.
¿Cómo defines el equilibrio entre la espontaneidad documental y lo estético?
Prefiero priorizar la acción representada antes que la perfección técnica. Si la imagen no está del todo nítida o congelada, no la descarto; muchas veces ese movimiento aporta esencia y dinamismo. Así soy yo también: disparo, aunque no siempre esté totalmente preparado, y luego veo cómo corregir. Ahora busco avanzar hacia una faceta más emocional de la fotografía.
¿Qué significa para ti fotografiar al aire libre?
Lo principal es el sentimiento. Siempre hay una preciosa sensación de soledad: no es un trabajo acompañado. Son momentos de exquisita soledad, conectada con lo que miro y con lo que ocurre alrededor. A veces hay que esperar en una esquina o en un lugar donde intuyes que algo puede suceder, y cuando ocurre, la recompensa es enorme.
Recuerdo en Cuba, una mañana temprano vi un charco en una esquina y me pareció que podía reflejar algo interesante. Puse la cámara en el suelo y, segundos después, pasó un ciclista panadero. El reflejo formó una silueta perfecta. Fue un instante donde todo coincidió y quedó conservado en la imagen. Disparé 3 veces mientras el “El panadero en bicicleta” cruzaba frente a mí. Fue un momento irrepetible del cual me siento un testigo afortunado.
“Un joven que me contó que en su familia todos eran científicos, pero él quería dedicarse a las artes visuales, aunque no descarta estudiar matemáticas o física. Le dije que lo hiciera, porque una profesión estructurada puede incluso aportar al trabajo artístico”
¿Qué aconsejarías a quienes recién comienzan y sienten ansiedad porque la fotografía es cuestión de instantes?
Llevo 35 años fotografiando y con eso millones de disparos. De esos millones, logras una colección pequeña. Cada error es como sembrar una semilla que, con el tiempo, da frutos. La fotografía que transmite emoción o impacto no surge por azar: se trata de coincidir en un momento donde confluyen lo físico, lo humano y tu propia presencia. La única receta es fotografiar sin parar. Que sea malo, que sea feo, no importa: hay que seguir. Es como el entrenamiento de un deportista.
Has presentado esta exposición en Argentina y en Chile. ¿Qué diferencias percibiste?
En Argentina estuvo en la Quinta Bienal de Arte de Buenos Aires, un espacio con gran movimiento de público y muchas opiniones. En Chile, en lugares como el Museo Baburizza, Espacio Zinc o la Estación Mapocho, la experiencia fue distinta porque son espacios públicos que generan un aporte al entorno. Me gusta que la gente pase, se detenga, y que el arte sea accesible. En galerías, en cambio, el público suele ir con un destino específico. Prefiero cuando la muestra se integra a un paseo o a una visita cultural más amplia.
¿Consideras que la cultura debería ser un derecho universal?
Sí, absolutamente. Creo que en nuestro país cualquiera puede ir a un museo o a una galería, pero muchas veces las artes quedan reservadas a las élites. Hay que romper eso y masificar el acceso. Me gustan los espacios públicos como el GAM, la Estación Mapocho o el Baburizza, porque el arte mejora la calidad de vida. No se trata solo de tecnología o comodidades: contemplar historia, pintura o fotografía ablanda el pensamiento y nos humaniza.
De las miles de fotos que hiciste en París, ¿cómo seleccionaste estas 28?
Tomé cerca de 5.000 disparos. Luego reduje a unas 100 imágenes, y con la ayuda de Verónica fuimos decidiendo cuáles quedaban. Ese apoyo es vital para ordenar las ideas y dar coherencia al trabajo.
¿Qué opinas de que los estudiantes del Liceo Pedro Montt hayan asistido a la inauguración?
Me encantó. Recuerdo a un joven que me contó que en su familia todos eran científicos, pero él quería dedicarse a las artes visuales, aunque no descarta estudiar matemáticas o física. Le dije que lo hiciera, porque una profesión estructurada puede incluso aportar al trabajo artístico. No es descalificatorio que un pintor sea arquitecto o que un científico escriba poesía. Ver a los jóvenes interesados me entusiasma: muchas veces hacen más preguntas que los adultos, muestran gran curiosidad, y eso me parece maravilloso.
