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Eduardo Vilches: “Siempre fui artista sin saberlo”

Fotografía: José Veas Tapia

A raíz de la exposición “Eduardo Vilches. Grabados (1960-1974)”, que se exhibe en el Museo de Bellas Artes de Valparaíso por motivo de los 130 años de la institución cultural porteña, conversamos con el artista, grabador y fotógrafo, quien fue galardonado el 2019 como Premio Nacional de Arte. En la entrevista nos contó sobre sus inicios, su flojera para la lectura, la eterna complicidad con su padre, su amor por Alicia Vega y lo relevante que fue conocer a Nemesio Antúnez, entrañable amigo, según sus palabras, fue alguien que le dio mucho.

Agendamos la entrevista por correo y quedamos que sería un miércoles de febrero a las 11:30 horas. Siempre me mencionó que la virtualidad no le viene bien, que prefiere siempre el contacto en persona. Un minuto antes de lo pactado, estaba afuera de su puerta tocando el timbre. Me recibió muy contento y me preguntó: ¿le costó mucho llegar? Me invitó a pasar, y me mostró alguno de sus preciados tesoros artísticos que almacena en su habitación. 

¿Cómo comenzó su historia con el arte? 

Yo pensaba como todos que debería estudiar medicina, derecho, esas típicas carreras. Lo que más pensaba era agronomía porque siempre me gustó el campo y no había matemáticas, porque yo las odiaba. Me fue mal dos veces, pero de flojo no más. Después me di cuenta que no era malo para las matemáticas, era que no me gustaban. Me preparaban los pololos de mis tías que estudiaban ingeniería. Me dejaban como bala para marzo y ahí me iba bien. Cuando salí del colegio estaba más perdido, no tenía que hacer. Entré a trabajar en una oficina comercial porque tenía que ganar dinero y como no tenía claras las carreras, no estudié. 

A la empresa llegaron unos controladores suizos de contabilidad, esos me tomaron buena barra. Yo manejaba una máquina IBM antigua que eran enormes. Y de repente se echaban a perder y era una sonajera espantosa y se movía todo. Había que llamar al técnico para arreglar esa cosa. Cada vez me fue pesando más esto de estar haciendo algo que a mí no me gustaba. Hasta que un día un compañero que éramos muy amigos, del liceo, que lo conocí en Concepción, me dice: oye, pero tú dibujabas muy bien en el colegio, ¿por qué no lo intentas? 

Le mostró mis dibujos a la mamá de su polola que había estado en Bellas Artes y que había sido compañera de Inés Puyol. Ella dijo que dibujaba bien, pero que debía tener clases. Yo nunca había tenido, era más bien aficionado. Me metí a una academia de pintura que tenía Gregorio de la Fuente en la Casa de la Cultura de Ñuñoa. Ahí conocí a Fernando Krahn, fue un dibujante humorístico que tenía una imaginación increíble. De la Fuente me sugirió que me matriculara en mural en el Bellas Artes, ya que tenía un dibujo muy sintético y apropiado. Los únicos estudios formales de arte fueron ahí. 

 ¿Y cómo lo hizo con su miedo a las alturas?

Cuando me subí al andamio me di cuenta que no era para eso, porque estaba pendiente de no caerme. Tenía vértigo. Lo que sí recuerdo que era bien bonito el fresco. Aprendí la técnica del fresco, que hay que estucar el muro y cuando está fresca la pasta es cuando uno pinta, es como la acuarela y es una cosa bien bonita. 

“Ahí me di cuenta que la gente del mundo artístico no eran esos borrachos ni degenerados que todos decían, porque había esa fama en la clase media, que los artistas eran de lo peor. Los papás menos querían que los hijos fueran artistas porque no ganaban plata”

Podríamos decir que le costó encontrar su camino dentro del arte.

Sí, claro. Yo ya me había retirado de la oficina y me di cuenta que en la escuela de verano de la Universidad de Concepción ofrecían un curso de grabado, y a mí me gustaba esa técnica porque tenía que ver con el dibujo que era lo que me interesaba. Ese curso lo ofrecía Julio Escámez, fue un pintor y muralista bien conocido. Me inscribí contento, pero finalmente no se realizó.

Estaba enojado y le conté a mi tía que no iba a poder estudiar en la escuela. Ella me contó que andaba Antúnez en la ciudad, que era un pintor famoso que había llegado recién de Europa y que iba a dar un curso de acuarela. A mí no me gustaba la acuarela, la encontraba como aguachenta y además tampoco tenía las pinturas. 

Ella me dijo que no me preocupara, que tenía para prestarme. Lo divertido de que siempre estas señoras aficionadas tenían las mejores cosas. Me inscribí y ahí conocí a Nemesio Antúnez. Fíjate que en ese curso había varios personajes. Estaba Pedro Millar, al que conocía de vista por el liceo; también Santos Chávez, que nunca lo había visto en ninguna parte y Montserrat Palmer que después fue arquitecta. 

Nemesio que era súper generoso, me dijo “te convido al Taller 99”. Eso para mí fue sacarme el gordo, porque no conocía a nadie del ambiente artístico. Solo conocía a una señora que era mamá de una amiga que había estudiado en Bellas Artes. 

Por el curso fuimos a hacer unas acuarelas por ahí, cerca de Concepción, en una bahía que se llama San Vicente que era un sector pesquero. Había unas piedras con calcificaciones de conchas bien bonitas y a Nemesio le encantaron. Yo estaba tan agradecido con la invitación al Taller 99 que dije que le iba a llevar una.

Elegí una bien grande, la eché en un saco y llegué a Santiago con la piedra. En esa época él vivía en Guardia vieja 99, por eso el taller se llamaba así. Llegué con el saco y Nemesio no podía creer lo que hice, me decía: “¡cómo se te ocurre!”, quedó feliz.

“A partir de eso me di cuenta que me iba a acompañar siempre y lo sentía así. Por eso me emociono cuando hablo de él, porque en realidad me hizo mucha falta, a pesar de que mi segundo papá era muy bueno”

¿Qué recuerdos tiene de él? No tanto como artista, sino como persona. 

Era una persona muy cariñosa, muy generosa. Nemesio fue alguien que me dio mucho. Fíjate que aparte de conocer a los primeros artistas en el Taller 99 (Roser Bru, Duchisnky; que era su ayudante, Fernando Krahn, entre otros). Tenía muchos amigos que eran escritores y llegaban a conversar con él. Ahí conocí gente del ambiente del arte, fue muy bonito. Nemesio el primer día me dijo: te voy a prestar dos libros. Me los leí porque eran libros con monitos (risas). Eran dibujos de Rembrandt y Goya. Esa noche no dormí porque nunca había visto sus dibujos. Eran increíbles y no lo podía creer. 

Era una persona sensible y preocupada de la gente. La verdad es que todos en ese lugar eran muy buenos. Por ejemplo, estaba Luz Donoso, quien supo lo del libro de Rembrandt y me regaló el suyo. Ahí me di cuenta que la gente del mundo artístico no eran esos borrachos ni degenerados que todos decían, porque había esa fama en la clase media, que los artistas eran de lo peor. Los papás menos querían que los hijos fueran artistas porque no ganaban plata.

Ha pensado que hubiese pasado si no hubiese conocido el arte y se hubiese quedado en el comercio.

Fíjate que no sé, lo único que te puedo decir que en esa oficina quedé vacunado para siempre de trabajar en un lugar así. Esto se fue dando porque conocí a Antúnez. Lo que siento y creo es que mi papá siempre ha estado conmigo. Siempre.

Yo nací en diciembre y él murió a fines de noviembre en un accidente. El día de mi cumpleaños estaba durmiendo y en el rincón se me apareció la cara de él sonriendo. Fue una imagen tan bonita, que no me dio miedo y no lo podía creer. Mi mamá dormía en una cama al lado y la desperté, y le decía que estaba mi papá. A partir de eso me di cuenta que me iba a acompañar siempre y lo sentía así. Por eso me emociono cuando hablo de él, porque en realidad me hizo mucha falta, a pesar de que mi segundo papá era muy bueno, pero es que no era mi sangre. Imagínate que mi padre era aficionado al arte, entonces no sé cómo hubiera sido. 

¿Cómo era su papá?

Era una persona muy querida en los bomberos. Su muerte fue muy trágica. Era un día domingo y él venía llegando de San Rosendo, y nos trajo con mi hermana de regalo un mono de cerezas. 

Como era domingo mi mamá no cocinaba y partimos a comprar empanadas. Estábamos con el paquete junto a mi hermana y mi mamá veía que corría mucha gente en las calles cercanas. No sabíamos lo que pasaba. La gente empezó a decir que hubo un accidente tremendo y que Vilches es el muerto. Mi mamá escuchó eso y se apuró con nosotros. Llegamos en el momento que llegó la ambulancia. Me acuerdo que sacan en una camilla al que era mi papá y lo reconocí porque tenía una mano que se le salía de la cama. Eso fue lo último que recuerdo de él. Fíjate que después hice unos trabajos con manos el año 74, que son cabezas y manos. Un día, Justo Pastor, que es muy curioso, me dijo: esa es la mano de tu papá. Él sabía porque le había contado la historia. 

En sus trabajos se puede apreciar que utiliza mucho las cruces y manos.

Las cruces en mi arte son porque mi mamá iba todas las semanas al cementerio a dejarle flores a mi papá y hermana. El cementerio desde chico fue un lugar súper conocido para mí. Mientras ella arreglaba las flores yo miraba para todos lados. Siempre me gustó mirar. Me entretenía observando los distintos estilos. Yo siempre fui artista sin saberlo, por esa observación del ser humano y la naturaleza. 

¿Cómo fue pasar de Concepción a New York?

Un día en el Taller 99 Nemesio me dice que le ofrecieron hacer clases en la Universidad Católica, pero que él no podía porque no tenía tiempo y que las podía tomar yo. Le respondí que cómo podría hacerlo, si no había estudiado nunca. Él me tranquilizó y me dijo que me las podía arreglar de lo más bien porque eran clases de grabado. Fui y las tomé. El primer día iba asustado y le decía a Nemesio que me iban a preguntar cosas que no sabría, porque los estudiantes conocían más que yo. Y él me decía que si me preguntaban cosas, dijera que no sabía no más. 

La primera clase me dio taquicardia y el corazón no podía más de puro susto. A mí no me gusta mucho hablar en público y era extraño, porque tenía que hacer todo lo que no eran mis habilidades. Curiosamente se fue dando y me fue gustando de a poco, y me di cuenta que tenía capacidad para enseñar, porque enseñaba lo que yo sabía. No eran estudios avanzados de nada, era algo práctico. Como quedé picado, inventé un curso teórico de historia del grabado, porque en el arte se habla de la pura pintura y escultura, y el grabado, -salvo Rembrandt y Goya, que son los grandes-, se trata poco. Y las cosas se fueron dando. Yo era bien estricto en las clases, pero tenía buen trato con los alumnos y me quisieron mucho.

¿Cómo se generó esa pasantía en Yale?

Estaba haciendo clases en el pedagógico de la Católica y en esa época se fundó la escuela de artes, que fue una idea de Sergio Larraín que era grandioso y muy amigo de Nemesio. Como don Sergio era amigo de Josep Albers, le pidió que inaugurara la escuela. Él en ese momento era director de la Escuela de Arte en Yale, pero estaba viejo y no vino, así que mandó a su ayudante Sewell Sillman. Cuando se inauguró la escuela, Nemesio me dijo que venía un gringo a hacer esas clases, que me metiera, porque son muy buenas. Él hizo el curso de color de Albers. Me metí de pavo y conocí a este gringo que lo encontré genial. 

Las clases de color eran extraordinarias, nunca había tenido una cosa igual. Me quedaba trabajando toda la noche haciendo ejercicios con papelitos de colores y el gringo feliz conmigo, porque las asistentes del curso eran puras niñas pitucas. Yo llegaba con montones de ejercicios y estas chicas nada. Me tomó una buena barra y se dio cuenta que yo era otra cosa. Me dijo que tenía que salir de Chile. Por sus recomendaciones postulé a una beca y me la gané. Finalmente me resultó en Yale.

“ (…) cuando vi a Alicia me di cuenta que con ella podía estar hasta la muerte”

Me imagino que fue un gran cambio estudiar en una capital del arte 

La Universidad de Yale era un lugar tremendo, que tenía un museo increíble. En las clases de historia del arte iban a ver las obras originales. Pasar una temporada ahí fue como estudiar 4 años acá. Además estaba ávido de aprender cosas. Como este gringo era inteligente fue mi tutor, yo iba como alumno especial porque no tenía ningún título de nada. Me puso puros cursos básicos y tomé escultura, diseño, grabado y eso me dio una formación que no tenía. Fue muy bueno. Todo lo que me pasó se lo atribuyo a mi papá.

¿Qué sintió al obtener el Premio Nacional de Arte?

Es que la verdad nunca había pensado en esa posibilidad. Como a ti te postulan, y tú no sabes, lo hicieron mis alumnos. Me llegó esta noticia y fue sorpresivo, porque es algo muy importante.

No le quitaba el sueño

No, para nada. Porque nunca estuve en carrera de nada.

¿Le incomodó la exposición mediática?

Sé que me iban a postular antes, pero supe después que había sido candidato cuando le dieron el premio a Guillermo Núñez. No andaba preocupado de eso, los que se preocupaban eran mis alumnos, porque eran los que más querían que fuera Premio Nacional. Yo era feliz haciendo clases, dándome cuenta que me querían a pesar de que era exigente. Qué mejor que eso.

¿Por qué lo llamaban el maestro del color?

Por ese curso que estudié con Sillman. Siempre ponen que estudié con Albers, pero eso no fue así. En ese curso me abrió un mundo y lo supe aprovechar en mis cosas de grabado. Y el hecho de trabajar rompiendo papeles me sirvió para desligarme del paisaje natural, porque se puede asimilar a la realidad. Si uno tiene imaginación se puede hacer mucho. Por eso es que lo hice con tantas ganas y me fue bien. Descubrí que era un mundo posible y me interesó,

Cómo ha sido exponer en el Museo Baburizza

Me encantó. Valparaíso siempre me ha gustado y no te lo digo porque eres porteña. A lo mejor es porque soy provinciano. Sé que Santiago no lo es todo, y que hay lugares bonitos como Valparaíso. Este lugar no lo conocía y está ubicado en un lugar espléndido. 

No puedo terminar esta entrevista sin preguntarle cómo conoció a su señora, Alicia Vega.

Fue una cosa muy casual. Estaba haciendo clases en Casa Central de la Católica, y como me quedaba de camino, de casualidad pasé a saludar a Jaime González, un amigo arquitecto que vivía en el sector. Estaba con él cuando apareció Alicia. Nunca la había visto ni había escuchado hablar de ella. No tenía idea quién era. Fíjate que la vi y dije: con esta perla me caso. 

Exactamente el año que fue no me acuerdo, pero yo era bastante regodeón y estaba medio viejo para el compromiso, pero cuando vi a Alicia me di cuenta que con ella podía estar hasta la muerte.

Por: Tamara Candia Ahumada

Periodista Museo Baburizza

La exposición “Eduardo Vilches. Grabados (1960-1974)” estará de forma gratuita hasta el 23 de marzo en el Museo de Bellas Artes de Valparaíso, en horario de 10:00 a 19:00 horas. La muestra es auspiciada por la Mutual de Seguros de Chile. 



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