Entrevista por Tamara Candia Ahumada | Periodista Museo Baburizza
A raíz de la exposición temporal “Las cumbias que escuchamos allá arriba”, que se presentará hasta el 4 de octubre en el Museo de Bellas Artes de Valparaíso, conversamos con la fotógrafa y autora de la muestra, Fernanda Soto Mastrantonio. La docente de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso reflexiona sobre su trayectoria, el rol político de la fotografía, los límites de la imagen documental y el vínculo que estableció con Daisy, protagonista de esta exposición.
Siempre es bueno conocer los orígenes, ¿cómo nació tu interés por la fotografía?
Empecé a sacar fotos después de los 18 años. En ese momento estaba estudiando Economía, algo que no tenía nada que ver conmigo. En medio de esa crisis vocacional, me salí de la carrera, empecé a trabajar y pensé: «Bueno, tengo que hacer cosas para intentar encontrar un camino». Así fue como me inscribí en varios cursos, y uno de ellos era de fotografía.
El lugar donde hice mis primeros cursos informales fue una escuela en Barcelona. Mis profesores eran reporteros gráficos y una especie de guerrilleros: habían trabajado en la frontera entre Estados Unidos y México, retratando la inmigración. Tenían una vocación increíble y un sentido muy fuerte de su rol en el mundo. Eran comunicadores, pero también entendían la fotografía como una forma de denunciar ciertas realidades. Ahí me enamoré de la fotografía y decidí estudiarla.
Viendo tu trabajo, -y en relación a lo que acabas de mencionar-, la enseñanza que aprendiste de ellos la aplicaste fervientemente en tu trabajo posterior. Se puede ver, por ejemplo, con Daysi, protagonista de la exposición Las cumbias que escuchamos allá arriba.
Sí, es que para mí la fotografía es una herramienta política súper potente. Hoy estamos acostumbrados a tener información de muchas partes, pero claro, si pensamos hace unos 50 años, los primeros reporteros gráficos o la época como más dorada de la fotografía, era la única forma en que la gente se enterara de lo que estaba pasando en el mundo.
Entonces, el poder de manipulación de masas que tiene es tremendo, y actualmente, a pesar de todos los cambios que ha habido tecnológicos y obviamente de que existe en lo audiovisual, la fotografía siento que mantiene esa cualidad de documento, del retrato fiel de una realidad. Considero que mi trabajo siempre ha sido muy político por lo mismo, como por la responsabilidad que siento a la hora de sacar la foto y mostrarla.
“De conectar con alguien de una forma que te haga desplazarse y cambiar tu propia identidad por una versión distinta de ti misma”
¿Y cómo ves el tema del uso de la inteligencia artificial tan presente ahora con el rol fotográfico neto?
Acá hay una pregunta importante, porque estamos en un momento de inflexión grande. Cuando apareció por primera vez la manipulación fotográfica, que fue en la época digital, hubo muchas críticas y cuestionamientos hacia el concepto de la fotografía como documento y hacía la autoría. Ahora, con la inteligencia artificial ya nos fuimos a otro nivel, porque estamos llegando al punto de dudar que es real y que no.
En mi trabajo como docente en la universidad utilizamos la IA como una herramienta educativa y pedagógica, pero intentamos tener las discusiones éticas que son necesarias y que vamos a tener que tener no solo en la universidad, sino que como sociedad con respecto al uso de estas tecnologías.
Hay una pregunta que aparece en tu página web que me llamó mucho la atención y me gustaría que pudieras profundizar en ella. Dice: «¿Cómo fue emprender la búsqueda de aquello que, en cierto modo, implica desplazar las fronteras del propio ser hacia territorios desconocidos, convertirse en otra persona?»
Esta pregunta, en realidad, no es mía. Es de una escritora que me encanta, Rebecca Solnit, quien tiene un libro precioso que se llama Una guía sobre el arte de perderse. En él establece constantemente analogías entre el concepto de perderse geográficamente, el de perderse psíquicamente y también el de perder algo: «Estoy perdida» o «pierdo algo».
Me conecté mucho con esa idea porque, desde la curiosidad, el quehacer fotográfico, al menos para mí, tiene mucho que ver con eso. Tiene que ver con acercarme a realidades que son muy distintas, con la disposición a perderme si es necesario, a perder los límites de quien soy hoy; es decir, con la disposición a cambiar.
Y lo que me pasó con Daisy fue algo así. Además, en ese momento yo estaba leyendo ese libro, así que fue algo muy simbólico. Estaba viajando sola y realizando un proyecto en el que tenía que retratar a 50 mujeres de pueblos originarios que formaban parte de un programa de Naciones Unidas llamado Originarias. Mi trabajo como fotógrafa era ir a estos lugares y fotografiar a estas mujeres.
Estuve viajando por todo Chile. Había mujeres que vivían en Alto Hospicio, Iquique, Arica y distintos lugares, pero Daisy fue precisamente la persona que estaba más lejos y era más inaccesible. Cuando fui a encontrarme con ella, me perdí durante mucho tiempo: estuve alrededor de cuatro horas perdida en el altiplano, en un auto pequeño, tipo Suzuki Swift, que obviamente no era adecuado para ese terreno.
En ese tiempo además era más joven, más valiente, así que me fui a la aventura. Lo que me pasó en ese momento, al estar tan perdida, lo trasladé también a cómo me sentía personalmente. Yo estaba en una búsqueda, conozco a Daisy y me pasa que, claro, la frontera de quién soy empieza a desplazarse a través de esa relación con ella.
Por eso siento que esa frase que puse en mi página simboliza muy bien la razón de ser del proyecto. Volviendo a lo que hablábamos del contexto actual, con toda esta post verdad, creo que todos tenemos el anhelo de vivir experiencias transformadoras con otras personas. De conectar con alguien de una forma que te haga desplazarse y cambiar tu propia identidad por una versión distinta de ti misma.
“Al final, la cámara es la excusa para tener estas experiencias que son transformadoras”
Podríamos decir, entonces, y tomando como referencia el libro, que con Daisy te perdiste y te encontraste.
Exacto. Y cambiamos las dos también. En el fondo, es evidente que somos mujeres de orígenes muy distintos, principalmente porque ella pertenece a un pueblo originario y yo no. Pero somos coetáneas y compartimos muchísimas cosas.
En esas experiencias allá arriba con ella, en todas esas conversaciones alrededor del fuego, tomando cerveza, riéndonos y trabajando con los animales, empiezan a desaparecer esas diferencias. Todo comienza a mimetizarse un poco. Quién era yo ya no es exactamente quién soy, y quién era ella tampoco. Empieza a producirse un cambio profundo a través de esa amistad, algo que creo que nos pasa a muchas mujeres.
Siento que, además, este proyecto es muy femenino: muy de mujeres hablando de cosas de mujeres. Y, llevándolo un poco a lo que hablábamos antes sobre el rol político de la fotografía, mis proyectos tradicionales siempre habían sido muy políticos, vinculados a temas grandes, polémicos quizás. Pero acá no. Acá tenemos una historia muy personal, muy individual, casi cotidiana, porque tiene que ver con lo cotidiano, pero que igualmente merece la pena ser contada.
Es muy importante dar a conocer este tipo de proyectos, porque ayuda a revelar y transmitir diversos tipos de historias.
Absolutamente. Y también hay un tema de coautoría, porque, en el fondo, en todo el proyecto, en las fotografías, no solo existe un consentimiento, sino también una participación activa de Daisy, a través de su propia voz.
A mí lo que me pasó con este proyecto es que, claro, vengo de la fotografía, pero durante todo este tiempo también he estado trabajando en audiovisual, que al final es un dispositivo técnico, pero que igualmente sirve para contar historias.
Cuando comenzamos el proceso curatorial del proyecto y mostramos las fotografías, casi siempre soy yo quien la está mirando. A pesar de eso, hay algunas imágenes en las que se nota mi presencia. Hay una donde aparecen dos manos, la de ella y la mía, y otra donde aparece mi reflejo en un mapa. Tal vez no es tan evidente, pero ahí se muestra que hay una persona detrás de la cámara. No existe una intención de esconder esa presencia ni de pretender una supuesta objetividad. Eso fue intencional.
¿Es ahí donde la exposición se transforma en multimedial?
La necesidad de incorporar el cortometraje audiovisual surgió, finalmente, porque para mí era importante que se escuchara explícitamente la voz de Daisy. El cortometraje está construido a partir de audios que ella me enviaba por WhatsApp, contándome cómo estaba y qué estaba viviendo. Ella y yo hablábamos semanalmente cada dos semanas, y ella me iba contando cómo estaba.
Cuando uno escucha la voz de Daisy, el proyecto empieza a cuajar más, porque aparece también una coautoría entre ambas. Y no es una coautoría típica, porque la cámara tiene algo muy colonial: yo voy y observo casi antropológicamente a esta persona, extraigo algo de ella y, en el fondo, hago la fotografía mía; después hago con esa imagen lo que quiera. En cambio, acá hay un intento por desarmar esa estructura y decir: «Bueno, nosotras dos estamos dialogando con la fotografía y también estamos jugando con la cámara».
¿Cómo has logrado sobrellevar lo que sientes haciendo estas fotografías y lo que tú vives a diario?
Yo creo que no lo sobrellevo. Me refiero a que no hay ninguna estrategia, porque son parte de mi vida. Al final, la cámara es la excusa para tener estas experiencias que son transformadoras.
Por ejemplo, el primer proyecto más profesional que hice fue cuando estuve viviendo en Haití y trabajé con una comunidad. Aprendí creolé para intentar comunicarme con ellos y, de esa experiencia, salió un fotolibro muy pequeño.
Fue en ese lugar donde conocí a Linda, quien se convirtió en mi mejor amiga a la distancia durante ocho años. Lamentablemente murió de COVID y para mí fue un golpe súper duro. Ella tenía un contexto muy diferente al mío, y las injusticias del mundo se podían ver, de alguna manera, simbolizadas en ella.
Entonces, esa noción de que las cosas son así de injustas es un motor, pero también es un peso. Y, si lo llevo a algo más reciente, Daisy es todo. Vino para acá, estuvo en mi casa con mi hija y es una presencia constante en mi vida.
Finalmente, lo que hago es inevitablemente mimetizarme con esas historias. El tema de las fronteras siempre se hace presente.
¿Qué esperarías tú que la gente, cuando visite la exposición que está en el Museo, vea a través de esas imágenes?
Lo importante es mantener una mirada abierta y ver cómo te hablan las imágenes. La fotografía, a diferencia del lenguaje textual, es polisémica; es decir, tiene infinitas lecturas. Tu interpretación depende de tu contexto cultural, de tu historia personal y también de las herramientas que tienes para aproximarse a ella.
Entonces, a pesar de que con estas fotografías intento contar una historia, el proyecto en general es muy abierto, está abierto a distintas interpretaciones.
Aunque tiene una raíz documental, es muy experiencial. Incluso la distribución de las imágenes que fue una decisión de la curadora, Carolina Agüero, genera esta especie de galaxia un poco desordenada de fotografías. También invita a una experiencia: a traer acá, al museo, algo de esa experiencia de estar allá arriba, en ese lugar donde estábamos escuchando esas cumbias.
¿Cómo nació el nombre del proyecto?
Me acuerdo de que, cuando estábamos allá, viajé más de diez veces. Después de las primeras dos o tres visitas, ya teníamos constantemente esta música de cumbia sonando de fondo, porque Daisy la ponía en el celular, en la radio. La cumbia estaba siempre envolviéndolo todo.
Es una música que claramente yo no escuchaba antes. Un día, me acuerdo de que le mandé un mensaje a Daisy y le dije: «Oye, ¿cómo se llaman las cumbias que escuchamos allá arriba?», porque quería hacerme mi propia playlist.
Para cerrar, ¿qué significa para ti, como fotógrafa y artista, estar en el Museo de Bellas Artes de Valparaíso?
Estaba sorprendida cuando aceptaron mi proyecto, porque sé que postula muchísima gente y yo soy una fotógrafa emergente. He recibido reconocimientos, pero principalmente fuera de Chile. Y llegó un punto en que me cansé. Este año me pasó que fue un rechazo tras otro. Toqué mil puertas y todas se cerraron.
Incluso este proyecto teníamos pensado hacerlo en Santiago y no conseguimos un lugar. Para mí, que me dieran esta oportunidad fue una bendición tremenda.
Nací en Viña, pero me siento de Valparaíso, me siento porteña acá. Este es mi lugar, vivo en Valparaíso, así que que me hayan dado esta oportunidad fue increíble. Agradezco profundamente a Rafael Torres, director del Museo por aceptarlo.
Y además creo que también es interesante que el Museo apueste por lenguajes más contemporáneos y por artistas más emergentes. Ahora tienes la exposición de Pacheco Altamirano, que es increíble, y al lado está la mía, que es totalmente distinta y tiene un lenguaje más contemporáneo, quizás. Pero también es interesante que la gente pueda ver ese contraste.
